| La imagen del Señor, de autor
desconocido, reúne las características de estilo de la imaginería
de mediados del siglo XVIII, sin embargo, el hecho de que su cabeza
sea de barro cocido, mientras que el resto del cuerpo es de madera
tallada, hace pensar que éste último se esculpiese para completar
el busto que sería de época anterior y cuya ejecución podría fecharse
a principios del siglo XVI. Hay autores, por tanto, que defienden
la idea de una intervención en dicho siglo XVIII en la imagen ya
que está documentada una intervención en el templo, pudiendo aprovecharse
ésta para adecuar la imagen al nuevo gusto imperante en la época.
Según el profesor don José Roda Peña la escultura puede relacionarse
formal y estilísticamente con un Ecce Homo conservado en el convento
de Santo Domingo el Antiguo de la ciudad de Toledo y que procede
del desaparecido monasterio de Santa María de las Dueñas de Sevilla.
Debió ser en el siglo XVIII cuando se le incorporó el cuerpo de
madera tallada revistiéndose con una clámide de tela encolada y
pequeños motivos florales estofados, igualmente parece que sería
en este momento cuando se incorporaron las cinco lágrimas que prestan
a su rostro ese aire de tristeza y profunda humanidad que le caracteriza.
La iconografía de Nuestro Padre Jesús de la Salud y Buen Viaje
nos muestra al Redentor sentado sobre un sitial del pretorio, una
vez terminado el suplicio de la flagelación, coronado de espinas,
cubierto con una clámide púrpura y entre sus atadas manos, una caña
en forma de cetro como atributos de su realeza. Es esta una de las
imágenes pasionistas más originales y significativas de las que
procesionan en la Semana Santa sevillana, originalidad que le viene
dada por una serie de elementos distintivos como el ser la única
imagen del Señor que tiene lágrimas de cristal o su mirada fija
y entornada que denota una gran concentración interior y finalmente
un detalle que puede parecer anacrónico respecto al momento pasional
que representa, como es el hecho de que presente esas profundas
heridas en las rodillas, que iconográficamente siempre han representado
las imágenes cristíferas como consecuencia de las caídas sufridas
en el camino hacia el Gólgota, si bien sería posible que se las
produjeran posibles caídas durante la flagelación. |